CUMBRES

“Nuestros cerros son un inagotable objeto de estudio, tan cambiantes con las estaciones del año, en las horas del día y en las diferencias de altitud. Si agregáramos a esto los efectos de la niebla, la bruma o la suspensión de polvo en la atmósfera, uno aprende cuan elusiva puede ser la “realidad”. Un juicio concluyente en cuanto a la forma, el color o las sombras, puede quedar anulado en el siguiente segundo, al cambiar la intensidad y el ángulo  de incidencia de la luz que pasa entre las nubes. Esto me lleva a la cautela de dejar, en toda evaluación, espacio para el error. Deseo describir la fragilidad, esa cualidad de la belleza, de nuestros cerros. Subiendo al cerro, esa fragilidad es evidente en una naturaleza que jamás nos saciamos de admirar. Toda esa masa de vegetación está sostenida por una inestable cadena de causa-efecto que no se debe perturbar.

 

Las montañas fueron  y son consistentemente objetos de veneración y de rituales propiciatorios ofrendados a los apus o deidades. Algunos montañistas sienten los cerros como un “Ser Viviente”, no como un objeto que se debe atacar y conquistar, sino como una sensación de una relación interpersonal, se diría religiosa con la montaña.

El concepto de la Madre Tierra atraviesa fronteras culturales desde Amaratzu, Cibeles, Hera y nuestra Pachamama. Teniendo en cuenta estas invocaciones del principio femenino, generador y protector de nuestra vida sujeta a fuerzas exteriores que no podemos dominar, quise representar nuestra Madre Tierra con las características de los cerros tucumanos.”

Juan Vallejo, 1995

© 2019